Relato: Dulce violeta (el desenlace)

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**¿No has leído el principio de esta historia?**

 

Al día siguiente, Mariano saludó a Violeta desde la calle en su camino al trabajo. Ella le devolvió el gesto, con sus ojos brillantes y su deliciosa sonrisa. En el escaparate, la bandeja de pasteles violetas tenía mejor aspecto aún que de costumbre. De vuelta a casa, entró a comprar una barra de pan y charló un rato con la pastelera, posando de vez en cuando la vista en las moras silvestres. Sentía que el olor se instalaba en su garganta y se imaginaba la textura del bizcocho en la lengua. Mientras, ella le contaba que la receta escondía un secreto, que nunca confesaría, y le hablaba de su técnica para batir la masa sin que saliera una sola burbuja, moviendo sus manos en círculos, preparando un pastel invisible. Aunque Mariano era diabético prácticamente desde niño, la enfermedad lo estaba torturando ese día más que nunca.

Durante las semanas siguientes, Carmen estuvo encantada de que su marido hubiera asumido por fin una tarea doméstica. Todos los días, al volver de trabajar a la una y media, traía la barra de pan recién hecha para la comida. Llegaba un poco más tarde de lo habitual, pues siempre se entretenía haciéndole preguntas a Violeta sobre todos los dulces de la tienda y en especial sobre ese postre de fórmula misteriosa. De charla en charla, supo que la pastelera había llegado de Chile unos años antes, con los ahorros de su vida, para montar el negocio. Descubrió que lo que más le gustaba en el mundo a Violeta era chupar la cuchara de palo después de preparar la crema de fresas, y que el azúcar que ponía en todas sus recetas era un azúcar especial, que compraba en un pequeño mercado de Salamanca al que tenía que viajar tres veces al mes. A Mariano se le hacía la boca agua escuchando las historias en la boca tierna de Violeta, que lo hipnotizaba con su voz suave, su sonrisa alegre y sus palabras dulces. Los pasteles de mora, en la vitrina, seguían acaparando su atención como el primer día y el deseo de saborearlos crecía con cada nuevo detalle conocido.

Un día, la pastelera se atrevió a preguntar:

-¿De verdad sería tan grave que lo probaras una sola vez?

Mariano pensó en su mujer y en la cara que pondría si supiera lo que estaba a punto de hacer. Violeta interpretó el silencio como una afirmación e invitó a su cliente más fiel a pasar a la trastienda, donde estaban los hornos, los utensilios de cocina y las neveras con todos los ingredientes.

-Ven conmigo. Te enseñaré el secreto del Pastel Violeta.

Tras unos segundos sin decir nada y mirándose fijamente a los ojos, Mariano cambió de opinión.

-Mejor no. Si lo pruebo, lo estaría recordando toda la vida.

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