Relato: El reloj

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Maldito reloj, tú que estás todo el tiempo en la pared. Te miro al despertarme, cada mañana a las ocho y veinte, con tus manitas caídas, abatidas todavía por el sueño, una apuntando al cuarto de baño, para que me duche, y otra hacia la ventana, para que no tarde en salir.

Sigues ahí cuando vuelvo de la fábrica, a las seis en punto, burlándote estirado de mi aspecto ruinoso.

Me observas mientras sacudo el uniforme en el balcón, mientras me pongo la camiseta vieja que ahora es pijama; ves cómo me desparramo en el sofá y cómo atiendo al concurso de palabras cruzadas, durante una hora y media, en la única cadena que sintoniza este televisor.

A las nueve y cuarto, cuando caliento el envase de comida precocinada, te haces el mártir, con tus enclenques bracitos en cruz. No sé qué quieres, no sé qué esperas.

Y a las once y diez, cuando me acuesto, parece que te alegras de que haya pasado un día más.

Y al despertar, a las ocho y veinte, me mandas a la ducha, y me voy a trabajar.

Y tú, maldito reloj, todo el tiempo en la pared. Ni deprisa, ni despacio. A tu ritmo: siempre el mismo.

Y yo, un día más, espero simplemente a que tu pila se acabe, y se acabe todo.

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