Relato: Chocolate para la memoria

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Jaime entró con su propia llave. Todavía la conservaba. Se sintió aliviado al comprobar que no había nadie. Aun así, el abrigo en el perchero de la entrada llevaba el perfume de su madre y el sofá del salón olía como su abuelo después de fumarse el habano de los domingos.

Abrió despacio la puerta de su dormitorio, inquieto por lo que podría encontrar. Le sorprendió ver que no había cambiado nada. El póster de Pearl Jam en la pared, las fotos del viaje de estudios a Francia, las revistas de coches llenando la estantería, el vaso de lápices, la minicadena, los diccionarios, las cintas de video… Habían pasado quince años y todo seguía igual. Jaime se había marchado después de una de esas discusiones que rompen las familias en dos, que hacen que un hijo deje de hablar con sus padres; una de esas peleas que se llevan a alguien lejos de casa y ya no le dejan llamar por teléfono en los cumpleaños ni enviar una postal en Navidad.

El motivo de aquella riña no importaba desde hacía mucho tiempo. Lo que importaba era que había vuelto. No lo hacía porque estuviese arrepentido; ni siquiera porque echase de menos a su familia. Volvía a casa porque no tenía otro lugar al que ir. En pocas semanas, había perdido su trabajo, su casa y su novia. Estaba solo y no tenía nada.

Jaime dejó las maletas junto al armario y se sentó sobre la cama. Acarició la colcha. Se tumbó, abrazó a la almohada y los recuerdos lo invadieron. Pensó en aquellas interminables tardes de septiembre, cuando se sentaba frente a los libros del instituto, agobiado por unos exámenes que después no le servirían para nada. Se concentraba tanto que se le olvidaba el hambre y su madre solía entrar, cuando ya era de noche, con una taza de chocolate caliente. Decía que era bueno para la memoria. En realidad, su madre creía que el chocolate era bueno para todo. Siempre que Jaime estaba triste o preocupado por algo, ella lo sentaba en la mesa de la cocina y preparaba crepes con chocolate. Cuando su equipo de fútbol perdía, solía dejarle una chocolatina debajo de la almohada. El helado de chocolate curaba el mal de amores en la edad del pavo y el chocolate blanco estaba reservado para los días realmente malos, esos en los que uno cree que ha tocado fondo. Jaime nunca estuvo gordo porque había sido un chico relativamente feliz. Tumbado en su antigua cama, recordó las comidas familiares en las que su tío Pedro hacía trucos de magia y sus primas pequeñas contaban chistes que casi nunca tenían gracia. Pensó en las excursiones al pantano con su padre. Pescaban poco pero se reían mucho. Algunas veces se quedaban a dormir, en aquella tienda de campaña tan difícil de montar. Siempre decían que para la siguiente acampada traerían una nueva. Pero nunca la compraron. Jaime estaba preguntándose si seguirían por casa los sacos de dormir y esa vieja tienda, cuando escuchó la puerta de la calle. Alguien había entrado. Su madre dejó caer el bolso al suelo cuando lo vio. También se le escurrieron las llaves, que aterrizaron silenciosamente en la alfombra.

– ¿Qué estás haciendo aquí? –preguntó seria, inmóvil.

– He vuelto. Quiero quedarme –respondió él, a dos metros, forzando una sonrisa.

– No viniste al entierro de tu padre. Ni siquiera llamaste. ¡Me dejaste sola! ¿Por qué ahora?

– Me he quedado sin nada. No tengo dónde vivir, mamá.

– ¡No puedes hacer siempre lo que más te convenga! ¡No puedes tratar así a tu familia! –gritó. Había empezado a llorar antes de terminar la frase.

Jaime abandonó la sonrisa forzada y se puso serio también. Se dio la vuelta y se marchó de casa, sin decir nada más, como había hecho quince años antes.

Volvió diez minutos después con una bolsa del supermercado de enfrente. Sacó dos tabletas de chocolate blanco y entró a la cocina, guiado por el olfato. En la mesa había dos platos. Su madre estaba preparando crepes con chocolate.

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