Nueva Delhi, viaje a la ciudad gris

cerdosLa primera vez que aterricé en Nueva Delhi, me sentí muy ofendida. Me había estudiado las listas de timos que aparecen en todos los blogs y guías de viajes advirtiendo a los turistas occidentales de las intenciones de los indios. Tu hotel ha cerrado, te llevo a otro… Somos una oficina de turismo oficial, deja que te asesoremos… Es la tienda de un amigo, paremos aquí y te hará un precio especial… Estaba preparada para escapar de todos los estafadores que me acosarían en cuanto pusiera un pie fuera del aeropuerto. Una mujer sola, muy blanquita y aún desorientada debería ser un objetivo suculento. Así que me sentí muy ofendida cuando nadie intentó timarme. ¿Qué pasa, tengo cara de pobre como vosotros?

Seamos realistas: muchos indios ven a los europeos como billetes de cien euros con piernas. Y está muy bien informarse sobre los riesgos de cualquier ciudad antes de visitarla. Pero no nos dejemos arrastrar hasta una paranoia en la que toda persona es un peligro potencial. La mayor parte de los ladrones de Nueva Delhi son inofensivos para nuestra integridad física; solo quieren dinero. No porque sean pobres, ojo. O al menos, no solo por eso. Justificar ciertos delitos con las penurias económicas de los criminales es tan estúpido como condescendiente. La gente que más me ha ayudado en la India no ganaba para peines, mientras que algunos de los peor intencionados regentaban negocios en las avenidas principales. Ser pobre no te convierte en un hijo de puta; ni aquí ni allá.

Y en una capital con veinte millones de habitantes apiñados, en cualquier caso, es difícil mantener las distancias entre ricos y pobres, sobre todo teniendo en cuenta que la clase media representa menos de una décima parte de la población total del país. Las ancianas que piden limosna se sientan en la misma acera que los clientes del Cafe Coffee Day, el Starbucks de los indios. De ahí que muchos hablen de Delhi como una ciudad de contrastes, un calificativo que añade exotismo y apacigua conciencias. Al olor del cappuccino, las penas son menos penas.

Pero ya seas rico, pobre, o un turista de paso que todavía no se aclara con las rupias, hay algo de lo que no podrás escapar en Nueva Delhi: la mierda. Hay mierda en las calles, que no tienen papeleras. Alguien se termina una lata de Coca-Cola y la tira al suelo. Hay mierda en los ríos, a los que llega sin control aparente toda la porquería de las casas y de las fábricas. Ni los peces de tres ojos de Springfield sobrevivirían en las aguas burbujeantes y olorosas del Yamuna. Y sobre todo hay mierda en el aire; una mierda hecha del polvo que se levanta en las calles sin asfaltar, del humo que generan quienes cocinan en las aceras y quienes queman su propia basura, y hecha de los gases que expulsan los millones de coches que elevan la contaminación hasta extremos intolerables para la salud humana. El tráfico; este sí que es un peligro potencial.

Y no solo por la polución. Los que aborrecen ir al trabajo en la hora punta de la M-30 no saben lo que es un atasco. Conducir en Delhi es una experiencia a otro nivel. Los vehículos de alta gama se mezclan con cacharros que deberían haberse jubilado, con autobuses a rebosar, camiones, taxis, rickshaws y tuk-tuks, con bicicletas y motos en las que viajan hasta cuatro personas, o cinco si se lleva algún bebé en brazos. Y salvo el conductor –en el mejor de los casos–, nadie usa casco.

Además, los indios cumplen a rajatabla aquella consigna de Ikea que está muy bien para apuntarte a una cena a última hora, o para que te inviten a dormir aunque no haya camas, pero que se vuelve terrorífica en la carretera: donde caben dos, caben tres. Da igual que una línea continua delimite dos carriles de sentido contrario; si entramos todos, ¿para qué esperar a que pase el camión que viene de frente antes de adelantar? Y es que en la India la percepción del espacio es diferente. Son muchos y tienen que apretujarse, claro. Un autobús no ha completado su aforo si no hay varios pasajeros subidos al techo y al menos un par colgando de la puerta, que siempre estará abierta.

Poco importan las normas de circulación en esta selva urbana, que nada tiene que ver con el oasis de protección y modernidad que la ciudad oculta bajo la tierra. Allí el metro funciona mejor que en algunas capitales europeas. Está limpio, brillante, tiene un precio fijo por el que no es necesario luchar, incluso llega a su hora, y la gente entra y sale rápida y firme, pero sin sacar las garras. Es una civilización subterránea ajena al forcejeo de las fieras que rugen en la superficie. Nueva Delhi, ciudad de contrastes.

Y no son los motores los que más rugen, sino las bocinas. La parte trasera de todos los vehículos grandes lleva pintadas las dos únicas reglas que los indios se toman en serio: use dipper at night–qué alivio cuando descubrí que dipper no significa pañales sino que se refiere a las luces– yblow horn. Es decir, toca el pito. Toca el pito cuando vayas a adelantar, toca el pito para alertar a los peatones, para exigir la preferencia, toca el pito para que el de delante se mueva, o el de al lado se pare, toca el pito cuando pases cerca de cualquiera, cuando haya animales en la calzada, o tócalo simplemente si llevas más de diez segundos sin hacerlo. Que sepan que estás ahí.

Después de unas semanas observando, llegué a la conclusión de que su código sonoro funciona al revés que el nuestro. En Europa pitamos a posteriori, en India lo hacen a priori.

nenesAclarada la norma, y sabiendo que pasaría las próximas semanas viajando por el norte de la India, decidí dejarme llevar por ese caos fascinante, por esa adrenalina de la desprotección… y me subí a una moto. Era grande, no tenía intermitentes ni retrovisores, y nadie había pensado en que pudiera necesitar un casco. Así que fui a comprármelo. Y ya que estaba, en un arrebato de sentido común, me llevé unas coderas y unas rodilleras metálicas. Don’t worry, me dijo un amigo hindú. What is meant to happen will happen. Vamos, que el Universo decidiría si me daba algún piñazo o no.

¡Loca!, me llamaron mis amigos españoles, cuando vieron mi foto disfrazada de Robocop sobre la moto. Pero cualquiera que se haya movido por Nueva Delhi estará de acuerdo en que lo más loco que uno puede hacer allí es caminar. Ser el peatón. El hombre de a pie; él sí que es un temerario. Es cierto que no valoramos lo que tenemos hasta que lo hemos perdido, sobre todo cuando se trata de los pasos de cebra. Cruzar la calle en Delhi puede ser un deporte de riesgo, pero existen trucos que se van aprendiendo con la práctica diaria. Para empezar, nunca mires a los conductores a los ojos. Finge que no te importan y estira tu brazo hacia ellos, con la mano bien abierta en señal de stop, como quien intenta calmar a una manada de velocirraptores. Pararán. La mayoría de las veces. Y si te falta confianza, siempre puedes recurrir a la opción cobarde. Pégate como una lapa a un indio y no te separes hasta llegar a la otra acera.

Después de unos días en Delhi, cruzarás sin despeinarte. Aunque tendrás el pelo más sucio. Y las uñas más negras, y los mocos de un color raro, especialmente si eres un mochilero que regatea en los hostales del barrio de Paharganj. Pero te irás acostumbrando. A la mierda, al ruido, a las letrinas, y a los baños donde un par de cubos y un grifo a la altura de las rodillas sirven de ducha. Llorarás menos con el picante y dejarás de comprar agua embotellada. Si te quedas el tiempo suficiente, te olvidarás de aquel guiri que jamás iba a pisar una ducha sin chanclas y empezarás a disfrutar de la maravilla de estar descalzo en cualquier parte, caminar entre vacas y comer con las manos.

Con suerte, superarás el efecto escaparate y te mezclarás con la gente que vive al otro lado del cristal. Y te darás cuenta de que no hace falta posicionarse, y ser una de esas personas que aman Delhi u odian Delhi; porque en realidad todo son grises en esta ciudad de contrastes. La omnipresencia de los dioses no es tal. Hay muchos indios preocupados por el karma y muchos otros que se pasan la religión por el forro. El sistema de castas, prohibido por la ley pero vigente en la práctica, no es tan distinto de otras formas de discriminación que toleramos en Europa. En Delhi faltan papeleras y depuradoras, quizá las mismas que en España décadas atrás. India es un país en desarrollo, pero ¿qué país no lo es? Y les sobran coches, y residuos industriales. Porque apoyamos su crecimiento económico, claro, pero que se las apañen para hacerlo sin contaminar, porque ahora nos preocupa el cambio climático.

Nueva Delhi es una ciudad caótica, pero de alguna forma funciona. Y con todo, la capital india guarda sorpresas muy agradables para quienes no huyen tras la primera impresión: los templos hinduistas, los sacos de especias, las miradas de los sadhus… La ciudad vieja es imprescindible, caminada con tranquilidad, mejor si es de noche. Y las estaciones, de donde salen los trenes que son un destino en sí mismos. La gastronomía también es motivo para volver; es difícil no echar de menos la paratha y el kadai panner, bien distintos de lo que sirven en Lavapiés. Nueva Delhi, sin duda, remueve la conciencia, espabila los sentidos y desarrolla la capacidad de improvisación.

E incluso aunque la odies, tienes que amarla, por una razón muy simple: es la entrada principal a uno de los países más estimulantes del mundo.

 

** Reportaje publicado en la Revista Intemperie.

Share on FacebookTweet about this on TwitterEmail this to someone