¡No te muevas! Estás en Israel (reflexiones sobre Palestina desde mi celda)

Estaba amaneciendo cuando me subieron a la parte trasera de un furgón blindado, con rejas en las ventanillas y una pared metálica que me separaba del conductor, sobre la que estaban pintadas en rojo -con lápiz de labios, quiero pensar- las letras SOS. Al llegar a nuestro destino, entendí que no me llevaban a un lugar acogedor. La verja que rodeaba el recinto tenía los extremos superiores hacia dentro, hacia el patio: su función no era evitar la entrada, sino la salida. En el vestíbulo del edificio, escoltada por dos hombres que aún no me habían dirigido la palabra, me fijé en el único cartel que estaba escrito en inglés: Immigration Authority of Israel.

El drama había empezado la noche anterior. Había aterrizado en el aeropuerto de Tel Aviv para participar en un seminario organizado por la Lauder School of Government, Diplomacy and Strategy de Herzliya, Israel. Tras enviar mi currículum, completar una serie de ejercicios y realizar una entrevista por Skype, yo estaba entre los 24 periodistas seleccionados en diferentes países para asistir a este evento, con todos los gastos pagados. Como llegaba invitada por una institución israelí, pensé que no me pondrían inconvenientes para entrar en el país.

El objetivo del seminario era analizar la cobertura mediática de conflictos internacionales, utilizando como caso de estudio su enfrentamiento con los territorios palestinos, en los que yo había estado durante unos meses estudiando árabe e impartiendo talleres de periodismo.

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Los guardias israelíes me llevaron a una sala en la que fueron etiquetando y almacenando cada una de mis pertenencias. Salí de allí con lo puesto. Uno de los hombres me mostró un documento en hebreo, señalando una cifra al final de la hoja: 15.45. Creí entender que esa era la hora a la que tomaría un vuelo, de vuelta a España. Después me hicieron entrar en una celda que cerraron con llave a mis espaldas. Dentro había otras nueve mujeres que me miraron con indiferencia. Más tarde supe que eran ucranianas y moldavas, aunque apenas pudimos intercambiar alguna palabra, porque ninguna de ellas hablaba ni inglés ni español, y mi vocabulario de lenguas de Europa del Este se limitaba al spasiva (gracias) que había escuchado durante mis veraneos en Salou, cuando los altavoces de la playa anunciaban que se había perdido algún niño ruso.

En la habitación, de unos 20 o 25 metros cuadrados, había diez literas, dos ventanas con doble reja, una pila con una jarra de agua y un cubículo con un váter, protegido por media puerta que no podía cerrarse. Los guardias solo entraron para dejarnos unas bandejas de comida precocinada, que devoré sentada en el suelo, porque en mi litera habría golpeado el techo con la cabeza. Casi podía verme a mí misma desde fuera, como la protagonista de un telefilme sobre una pobre mujer encerrada por un crimen que no ha cometido.

Un conflicto irresoluble

Era una cárcel para inmigrantes, en un país fundado por inmigrantes. Para los sionistas –los defensores de ese nuevo Estado judío en la región de Palestina– no fue una colonización, sino un regreso a la tierra que Dios les había prometido hacía miles de años. Y aunque la excusa bíblica no convenciera a todos, el plan venía de las Naciones Unidas –de alguna forma había que compensarles por el Holocausto–. Pronto comprobarían que esa división del mapa no iba a evitar una guerra, sino todo lo contrario.

Porque en ese territorio donde levantaron la bandera israelí en 1948, existía una población árabe, integrada en el Imperio Otomano durante siglos y controlada después por los británicos, que no aceptó la creación de un Estado judío, lo que llevó a una serie de guerras, con la participación de otros países árabes, con miles de muertos en ambos bandos y millones de palestinos refugiados como resultado.

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A lo largo de las últimas décadas, con una tensión creciente y el fracaso de todos los acuerdos de paz, Israel se ha consolidado como una gran potencia económica y militar, con el apoyo estratégico de Estados Unidos, mientras que los territorios que la ONU asignó a los palestinos, la Franja de Gaza y Cisjordania, carecen de un Gobierno eficaz y de un ejército propio, de forma que, en la práctica, están también controlados por los israelíes. Es decir, ocupados. Eso convierte el conflicto en uno de los más difíciles de resolver –a pesar de que Israel ocupa menos en el mapa que la Comunidad Valenciana– y, por tanto, en un foco de interés para los periodistas.

Pero a los responsables de Seguridad del aeropuerto no les pareció suficiente que yo llegara con una invitación de una organización israelí. Me quitaron el pasaporte y me hicieron esperar en una sala durante varias horas, sin permitirme siquiera hacer una llamada de teléfono, para pedir ayuda a la embajada o avisar a mi familia.

Allí conocí a tres hermanos, dos hombres y una mujer que venían desde Dinamarca para el funeral de su padre, quien había viajado hasta Israel para visitar por primera vez territorio palestino. Su familia había sido expulsada de allí antes de que él naciera y siempre había querido conocer la tierra de sus padres. Estaba enfermo y, antes de morir, aseguró que su mayor deseo era ser enterrado allí, en Palestina. Los hijos tenían las caras descompuestas, mezcla del duelo y de la falta de entendimiento con los funcionarios israelíes, que no se decidían a dejarles entrar en el país. Lo mío, después de todo, no era tan grave.

No supe qué había pasado finalmente con ellos, porque desaparecieron mientras yo me encontraba en el despacho del responsable de Seguridad, en uno de loscinco interrogatorios que me hicieron aquella noche.

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El problema de los periodistas

El problema, sin duda, era que yo ya había estado en Israel y en Palestina, unos meses antes, de marzo a junio. Y que durante ese tiempo, había cruzado varias veces las fronteras que separan ambos territorios y había publicado un fotorreportaje sobre una manifestación en contra de la ocupación israelí, en una revista especializada en Palestina en la que colaboran periodistas de todo el mundo y cuya sede está en Chicago.

El jefe de Seguridad revisó las fotos y los contactos de mi móvil, mi email y mis redes sociales. Lo que había empezado como un diálogo amable se convirtió en una ristra de amenazas y acusaciones cuando leyó dos noticias que había compartido semanas antes en Facebook: una sobre la eliminación del nombre de Palestina en Google Maps, de Middle East Monitor, y otra sobre los abusos del ejército israelí, de Al Jazeera. Aseguró, muy enfadado, que no eran fuentes fiables y que ese era el problema de los periodistas: “Llegáis aquí y solo veis una parte. No sabéis nada”. Le respondí que venía al seminario precisamente para ampliar mi visión sobre el conflicto.

Los meses que había pasado en Palestina no habían sido suficientes para resolver muchas de mis dudas. Como por ejemplo… ¿por qué el gobierno israelí sigue autorizando la construcción de viviendas en Cisjordania, si el resto del mundo está de acuerdo en que es una práctica ilegal? El derecho internacional humanitario prohíbe que “el poder ocupante transfiera parte de su población civil al territorio ocupado”, y hace décadas que la ONU pide a Israel que acabe con los asentamientos, porque lo considera “un serio obstáculo” para alcanzar la paz en Oriente Medio.

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Sin embargo, en Cisjordania existen ya cerca de 250 asentamientos, donde viven 650.000 israelíes. Muchas colonias se han convertido en ciudades con miles de habitantes –la de Ariel tiene incluso universidad– que contrastan con las poblaciones palestinas que las rodean. Solo hace falta fijarse en los tejados de las casas: las israelíes son aquellas que no tienen tanques para almacenar el agua, porque ellos sí tienen un suministro ilimitado. Los colonos a los que entrevisté tenían razones distintas para haberse trasladado a un asentamiento. Unos se sienten obligados a cumplir la misión divina de ocupar la Tierra Prometida; otros simplemente quieren aprovechar los incentivos económicos del Gobierno israelí. Pero todos están allí, fragmentando Palestina hasta hacerla parecer un archipiélago y complicando aún más la creación de dos estados independientes.

No compartí esas reflexiones con el jefe de Seguridad del aeropuerto. Me limité a responder a sus preguntas con sinceridad. Soy periodista freelance. No pertenezco a ninguna organización. No soy activista.

Esperé otras dos horas antes de conocer su decisión: “No puedes entrar en Israel. Pensamos que podrías ser una amenaza para la seguridad del Estado”. Con mi libreta de Mafalda en una mano y un pañuelo lleno de mocos en la otra, hice un último intento: “¿De verdad piensas que soy peligrosa?” Pero no recibí más explicaciones. Desde ese momento fui tratada como una criminal, con un guardia que incluso me esperaba en la puerta del baño. Me hicieron fotografías, tomaron mis huellas dactilares y me obligaron a firmar un documento que no comprendía. Un rato después, subí al furgón sin saber adónde me llevaban.

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Sin libertad de movimiento

No podía saber qué hora era, pero el sol rojizo a través de las rejas confirmaba que las 15.45 habían pasado hace mucho. Darme cuenta me produjo una angustia terrible. Golpeé la pequeña ventana de la puerta para atraer a los funcionarios e intentar averiguar por qué seguía en aquella celda. Dos mujeres, que antes había visto frente a un ordenador, pasaron por delante y apartaron la mirada. Después otro hombre hizo lo mismo. Era imposible que nadie –aparte de las ucranianas– advirtiera mis gritos de súplica. Parecían todos acostumbrados a obviarlo. Me pregunté, en una epifanía, cuántas veces habría estado yo al otro lado, fingiendo no ver a los otros.

Volví a mi litera con tal sensación de abandono e incertidumbre –y tantas horas para pensar– que me vinieron a la cabeza las historias que había oído, meses antes, de los palestinos con quienes había convivido en Nablus, la ciudad más poblada de Cisjordania si incluimos los campos de refugiados. Allí casi todo el mundo conoce a alguien que ha sido detenido, encarcelado, torturado… o incluso asesinado por los soldados israelíes. Esos muertos son los que –en el mejor de los casos– aparecen en los medios de comunicación, pero existen otras consecuencias de la ocupación que afectan a la vida diaria de todos los palestinos. Me refiero a las restricciones a la libertad de movimiento que Israel les impone, y que son combatidas incluso por organizaciones israelíes como Gisha, B’Tselem oHamoked.

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En Gaza se llevan la peor parte. Este territorio, del tamaño de la ciudad de Málaga, se ha convertido en una jaula para 1.800.000 personas. Desde 2007, Israel mantiene un bloqueo por tierra, mar y aire, que impide a los ciudadanos salir de la Franja. Justifica sus restricciones como medidas de seguridad ante la amenaza de terrorismo de Hamás, saltándose la ley que prohíbe castigar a toda una población civil por crímenes que no ha cometido.

Tampoco es fácil entrar o salir de Cisjordania. El único aeropuerto de la zona está controlado por Israel y prácticamente prohibido para los palestinos, que solo pueden viajar al extranjero con un pasaporte jordano. Incluso para visitar Jerusalén, deben solicitar un permiso con meses de antelación, alegando un buen motivo. Y si consiguen la autorización del Gobierno israelí, lo más probable es que sea válida solo para unas horas. El proceso se complica aún más para quienes quieren ir a Israel; de forma que muchos palestinos llevan toda la vida soñando con ver el mar, a pesar de que lo tienen a menos de cincuenta kilómetros. Limitando, la burocracia no tiene límites.

Dentro de Cisjordania, hay un centenar de carreteras de uso exclusivo para israelíes, que aíslan ciudades palestinas e impiden a muchos agricultores acceder a sus tierras. El último recuento oficial habla de 543 obstáculos, incluyendo los famosos checkpoints, donde los palestinos sufren horas de espera y un trato humillante. Las restricciones de Israel están basadas en la premisa racista de que todo palestino es una amenaza para la seguridad; de ahí que muchos hablen de Muro del Apartheid para referirse a los cientos de kilómetros de alambradas y bloques de hormigón que Israel ha levantado, ilegalmente, en territorio ocupado.

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Personas incómodas

Pasé mis últimas horas de cautiverio intentando volver a dormir. Me habían despertado los gritos de otra presa, amenazada por algún tipo de bicho en su cama. El plástico que envolvía los colchones se me pegaba a la piel, y no tenía otra almohada que mis propios pantalones arrugados bajo la cabeza.

Los guardias vinieron a por mí al amanecer, cuando el miedo, la indefensión y el aislamiento ya me habían convertido en un muñeco dócil. Subí al furgón sin hacer preguntas y dejé que revisaran mi equipaje y me explorasen de arriba abajo una vez más. Me escoltaron hasta la misma puerta de un avión y solo al aterrizar en España me devolvieron mi pasaporte, que tenía un sello nuevo, muy distinto. Ahora tengo prohibido volver.

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No soy la primera periodista que deporta Israel. La propia embajada en España de este país –que presume de ser la única democracia de Oriente Medio– presiona a medios y profesionales para silenciar las críticas a su Gobierno, como ha denunciado Reporteros Sin Fronteras.

Recuperada del susto, pienso que, si soy una periodista incómoda, quizá es que algo estoy haciendo bien. Me duele pensar que será difícil volver a visitar todos los lugares que me enamoraron de Palestina, y ver a todas las personas que se convirtieron en amigos. Pero me duele más no saber cómo ayudarles. Porque yo conseguí la libertad en un par de días, pero…. ¿y ellos?

**Este artículo fue publicado en Código Nuevo el 8 de septiembre de 2016.

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