La hojarasca, tres enfoques sobre la muerte

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La primera novela de Gabriel García Márquez, publicada en 1955, narra los preparativos para el entierro de un doctor muy odiado en el pueblo de Macondo. Todos los vecinos le han guardado un profundo rencor durante años, por negarse a atender a los heridos que suplicaban ayuda en plena guerra civil. Además, el médico lleva una década viviendo aislado del resto del pueblo y se sospecha incluso que es el responsable de la desaparición de su pareja. Un viejo coronel es el único que siente la obligación moral de dar sepultura al doctor, y se encarga del funeral junto a su hija Isabel y su nieto, que sufrirán por ello el rechazo de todos los vecinos.

La historia que sirve de marco para La hojarasca abarca apenas media hora de un día de 1928, cuando estos tres personajes permanecen en la habitación con el cadáver a la espera de la autorización para enterrarlo. Sin embargo, desde esa escena se construyen todos los recuerdos de años anteriores, que sirven para explicar la decadencia de Macondo y la vinculación del doctor con el coronel, dando a la novela una estructura muy propia del Nobel colombiano.

 

NARRADhojarascaOR MÚLTIPLE

La particularidad de esta obra es la existencia de tres narradores –el niño, su madre Isabel y su abuelo, el coronel- que se van intercalando, unas veces para contar lo mismo desde diferentes perspectivas (visión estereoscópica) y otras para aportar recuerdos individuales que solo conoce cada uno de ellos. Es una técnica arriesgada y que, en mi opinión, no da buenos resultados en La hojarasca. De hecho, García Márquez no vuelve a utilizarla en ninguna de sus obras posteriores.

Para que el uso de tres narradores tuviera sentido, cada uno de ellos debería tener una voz muy diferenciada y acorde con el personaje. Sin embargo, en esta historia tienen voces muy similares. El lector de esta novela solo puede saber qué narrador habla en cada momento por referencias como “me sentí cansada” o “mi abuelo dijo”, y por las situaciones que cuentan. Pero no se percibe un cambio de lenguaje o de tono al pasar de uno a otro.

Que el coronel y su hija se expresasen de forma muy parecida podría ser verosímil, pero la narración de un niño de diez años, para ser creíble, debería tener otro tono. Su forma de hablar, la mayor parte del tiempo, no parece la de alguien de su edad. Así es como describe, por ejemplo, el momento en el que por fin abren la puerta para llevarse el cadáver:

“Irrumpe la luz en la habitación, de espaldas, poderosa y perfecta, porque le han quitado el soporte que la sostuvo durante doscientos años y con la fuerza de doscientos bueyes, y cae de espaldas en la habitación, arrastrando la sombra de las cosas en su turbulenta caída. Los hombres se hacen brutalmente visibles, como un relámpago al mediodía, y me parece como si hubieran tenido que sostenerse para que no los tumbara la claridad.”

 

 

ENTENDER LA MUERTE

Lo que he encontrado más interesante en este libro es la forma de hablar sobre la muerte. El eje de la historia es un cadáver que va a ser enterrado y la percepción del niño, sobre ese cuerpo, sí que consigue ser infantil. Para mí, es el fragmento más verosímil de este narrador:

“Siempre creí que los muertos debían tener sombrero. Ahora veo que no. Veo que tienen la boca un poco abierta y que se ven, detrás de los labios morados, los dientes manchados e irregulares. Veo que tienen la lengua mordida a un lado, gruesa y pastosa, un poco más oscura que el color de la cara, que es como el de los dedos cuando se les aprieta con un cáñamo. Veo que tienen los ojos abiertos, mucho más que los de un hombre; ansiosos y desorbitados. Creí que un muerto parecía una persona quieta y dormida y ahora veo que es todo lo contrario. Veo que parece una persona despierta y rabiosa después de una pelea.”

Pero más allá del cadáver protagonista, hay otras referencias a la muerte que son muy reveladoras. Una de las imágenes más potentes del libro es la de Isabel probándose el traje de novia la noche antes de casarse con un hombre con el que no ha cruzado ni una palabra, y que la abandonará poco después:

“Me veía pálida y limpia frente al espejo, envuelta en la nube de polvorienta espumilla que me recordaba al fantasma de mi madre. Y me desconocía a mí misma; me sentía desdoblada en el recuerdo de mi madre muerta. Meme me había hablado de ella en esta esquina, pocos días antes. Me dijo que después de mi nacimiento mi madre fue vestida con sus prendas nupciales y colocada en el ataúd. Y ahora, viéndome en el espejo, yo veía los huesos de mi madre cubiertos por el verdín sepulcral, entre un montón de espuma rota y un apelmazamiento de polvo amarillo. Yo estaba fuera del espejo. Adentro estaba mi madre, viva otra vez, mirándome, extendiendo los brazos desde su espacio helado, tratando de tocar la muerte que prendía los primeros alfileres de mi corona de novia.”

La muerte está presente incluso sin que haya muertos. Sirve como metáfora para los vivos que ya no parecen vivos. En este fragmento, el coronel narra cómo encuentra al doctor al entrar en su casa junto al párroco, al conocerse la desaparición de su pareja:

“Al entrar por la trasera, sorprendimos los escombros de un hombre abandonados en la hamaca (…) Viéndolo en la habitación, yo pensaba: Ahora no parece un hombre. Ahora parece un cadáver al que todavía no se le han muerto los ojos.”

 

ATMÓSFERA DECADENTE

El protagonismo de la muerte se acentúa gracias a la atmósfera de decadencia que envuelve toda la historia y que, en mi opinión, es otro de los grandes logros de la novela. Desde el principio, al describirse la hojarasca que da nombre al libro, vemos que Macondo es un pueblo que en algún momento fue próspero, pero que ahora es pobre. Los habitantes son cerrados y vengativos, y quizá haya cierta crítica social a la incomprensión y la falta de piedad de algunas sociedades.

La decadencia del entorno no es solo física, con el calor, el polvo y la suciedad, sino que es también moral, con unos vecinos resentidos que no olvidan ni perdonan, y que tienen pocos entretenimientos aparte de juzgar a quienes se salen de esa norma. Todo ello logra transmitir al lector una cierta sensación de angustia y agobio similar a la que sufrirían los tres narradores de La hojarasca.

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