Relato: El caracol

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Marta y David vivían en un sexto piso de un bloque de viviendas en la céntrica Gran Vía de Zaragoza. Lo más parecido al campo que podían ver desde sus ventanas era el parque José Antonio Labordeta, con su paseo de rosales y su amplio pinar, a casi dos kilómetros. Por eso, cuando sobre la mesa redonda del salón apareció un caracol, con sus antenas estiradas y su concha en espiral, se les quedó cara de tontos.

-¿De dónde ha salido esto?

Marta no respondió. Solo miró a David, encogiéndose de hombros y con las cejas muy levantadas. El caracol les pareció inofensivo y sin ánimo de llegar muy lejos, así que dejaron de prestarle atención mientras llevaban las bolsas de la compra a la cocina y guardaban, él los frescos en la nevera, y ella el resto en los armarios. Al volver al salón, Marta dijo con la sonrisa pícara que tanto le gustaba a David:

-Qué bien, ahora tengo dos babosos en casa…

-Vas a ver lo que son babas.

David agarró a su novia por la cintura y la lanzó al sofá Söderhamn de Ikea. Se tumbó sobre ella y empezó a lamerle el cuello haciéndola reír, hasta que las risas se fueron trasformando en gemidos, la falda se enredó a la altura del ombligo de Marta y, veinte minutos después, un grito de siete segundos despertó de la siesta a los vecinos.

-Te quiero, brujilla -le dijo al oído, todavía con respiración irregular.

-Y yo a ti, puerquito -respondió ella, acompañando el susurro con una caricia en la nuca.

El caracol seguía quieto en el centro de la mesa. Volvieron a fijarse en él mientras se vestían:

-Mira qué tiesas tiene las antenas. Seguro que ha disfrutado viéndonos.

-Calla, bobo -le insultó con ternura.

-Bueno, ¿y ahora qué hacemos con él? Podemos bajarlo a la calle y dejarlo en algún arbusto.

-¿A la calle otra vez? -El ascensor llevaba tres días estropeado y hasta el sexto piso habían contado ochenta y cuatro escalones-. Lo aplasto con una servilleta y lo tiro a la basura.

-¡Pero Marta! ¡De matarlo nada!

-David, es un ca-ra-col.

-Por eso mismo. Da un poquillo de asco, pero es un ser vivo.

-No te dan tanto asco ni tanta pena cuando te los comes al ajillo en casa de mi padre.

-Por no quedar mal con él.

-Venga, hombre, si te encantan. La última vez te chupabas los dedos y todo. ¡Menudo cocinero es mi padre!

-No le salen mal. Mejor que las paellas, eso desde luego.

Marta se volvió hacia David con la boca abierta e inició un ávido debate sobre las habilidades culinarias de su padre, que terminó en algo parecido a tablas, con ella reconociendo que el arroz se le pasaba a veces y él admitiendo que en ningún sitio había probado un ternasco con patatas como el de su suegro. Mientras tanto, el caracol hacía leves movimientos con la cabeza pero no avanzaba ni un milímetro.

-De todas formas, en un mes estaremos casados y no hará falta que vengas con tuppers de tu padre cada dos por tres.

-¿Qué tiene que ver la boda? Si llevamos siete años viviendo juntos y siempre hemos traído comidas de mi casa.

Tu casa es ésta y tu padre ya no tiene por qué cuidarte tanto. Deja al hombre que descanse, ya va siendo hora de que seas un poco más independiente. Además, tu maravilloso marido te va a cuidar mejor que nadie, ya verás…

David intentó besar a Marta pero ella se giró para evitarlo. Siempre había sabido que su novio tenía celos de su padre, pero era la primera vez que él lo expresaba claramente. Enseguida se arrepintió, y le devolvió el beso, aunque fue breve.

-Se me ha ocurrido que, en lugar de bajarlo a la calle, podríamos guardar al caracol en un frasco, con una hoja de lechuga, y el fin de semana nos vamos al pantano y lo soltamos.

-De bueno, eres tonto -dijo Marta con otro beso, muy sonoro e inesperado, en la mejilla de David-. Si te da pena el bicho, lo llevamos al parque, pero no nos vamos a hacer setenta kilómetros hasta el pantano para soltar un caracol.

-Venga, no seas tonta. Preparamos unos bocadillos y pasamos allí el día, que ya hace buen tiempo.

-Que no, David, que está muy lejos y me da mucha pereza. Además, ¿no te acuerdas de lo mal que lo pasé la última vez que fuimos, que nos pusimos a hacerlo al lado de un hormiguero y luego la ropa estaba llena de hormigas?

Marta supo que había metido la pata más allá del fondo por la mirada fría de David, antes de que él respondiera.

-Ese no era yo.

No, no era él. El que se había puesto los pantalones llenos de hormigas era su hermano. Y todos en esa habitación lo sabían. Marta pensó que incluso el caracol lo sabía, porque en ese momento la miraba directamente a ella, con antenas reprochadoras.

-Lo siento.

-¿Cómo puedes haberte confundido en una cosa así?

-Perdona, ya sabes que tengo mala memoria. Olvídalo.

-Qué más quisiera, Marta, qué más quisiera.

-¡David, ya han pasado seis años! Y dijiste que me perdonabas, que podíamos empezar desde cero.

-A veces creo que le quieres a él.

-¿Pero qué estás diciendo? ¡David, me voy a casar contigo!

-¿Porque me has elegido a mí o porque él no te quiere?

El caracol asistía en primera fila a la primera discusión real que Marta y David tenían en ese salón. La anterior, seis años antes, había sido en el paseo de rosales del parque José Antonio Labordeta.

-Igual no me habría liado con tu hermano si tú no te hubieras ido seis meses a la otra punta del mundo. -Marta terminó esa frase de camino a la cocina, y enseguida regresó al salón con una servilleta de papel-. Bueno, ya vale de miramientos; el bicho se va a la basura.

-Muy bien Marta, tú siempre tan compasiva. ¿Te ha hecho algo el caracol para que quieras cargártelo? Menos mal que nos lo hemos encontrado a él, y no a un ladrón, al entrar en casa.

-Un ladrón no cabría en la basura.

Ja-ja. Qué graciosa. Si por ti fuera, terminaban todos los ladrones en la silla eléctrica.

-Pues los ladrones, no sé. Pero más de un asesino y más de un violador, sí.

-No lo dices en serio.

-¿Cómo que no lo digo en serio?

-¿No me dirás ahora que estás a favor de la pena de muerte? Que una cosa es matar caracoles… ¡y otra querer que maten a alguien!

-Hay personas que han hecho cosas tan horribles que no merecen vivir. La cadena perpetua se queda corta en algunos casos. Además, luego acaban saliendo a la calle, ¿y entonces qué?

-Marta, no te reconozco. ¿Esa es la clase de valores que piensas enseñar a nuestros hijos?

-Qué más da, si a este paso, ¡no tendremos hijos nunca!

-Quedamos en esperar a la boda, tú estabas de acuerdo.

-Antes esperábamos a encontrar piso, luego a que me hicieran fija, ahora a casarnos… Reconócelo, David. Tú no quieres tener hijos.

-¡Pues igual no quiero tenerlos con alguien que va a enseñarles a matar caracoles inocentes y mandar a los delincuentes a la silla eléctrica!

-Pues si no quieres tener hijos conmigo, ¡no sé para qué vamos a casarnos!

-¡Pues yo tampoco lo sé!

-¡Pues se cancela la boda!

­-¡Pues me parece estupendo, porque eres una bruja!

-¡Pues a mí también, porque eres un cerdo!

Marta cogió su bolso, guardó en él rápidamente un par de cosas del baño y salió de casa cerrando la puerta con toda la fuerza que le quedaba. David se quedó mirando por la ventana hasta que la vio salir del portal y alejarse hacia el parque. Luego fue a la cocina, arrancó una hoja de la lechuga que habían comprado una hora antes y se la llevó al salón. Pero cuando llegó, el caracol había desaparecido.

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