Relato: Dulce violeta (primera parte)

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Llovía a cántaros y, sin embargo, Mariano estaba quieto, en plena calle, dejándose mojar. Apenas veía con las gafas inundadas y en su blanca coronilla, desnuda de pelo, el agua caía fría y perpendicular. El culpable: un poco de azúcar. “Pruebe nuestro Pastel Violeta”, decía el cartel de exquisita caligrafía en el escaparate. El punto de la i era una circunferencia coloreada de rojo y la letra a terminaba con una floritura que adornaba la base de la palabra. Debajo, en la mejor vitrina, entre las napolitanas de crema y las tartas de café, destacaba por sus colores una bandeja repleta de la especialidad de la casa. Cada pastel tenía cuatro capas de un bizcocho ligeramente morado, separadas por una crema rojiza y coronadas por una enorme y reluciente mora.

Mariano pasaba frente a la pastelería cuatro veces al día, de casa al trabajo, y del trabajo a casa, mañana y tarde. Veinte veces a la semana. Más de ochenta al mes. Y siempre, incluso cuando iba a llegar tarde porque su mujer lo había entretenido arreglándole el nudo de la corbata o con un planchazo de última hora a la americana, se detenía unos segundos a mirar los pasteles violetas. La lluvia no le impidió parar ese día. Miró los postres durante unos minutos y luego, empapado, se decidió a entrar por primera vez.

La dependienta, una mujer de su misma edad, piel oscura y ojos brillantes y rasgados, le dio la bienvenida con una sonrisa, mientras atendía a una señora que le daba instrucciones sobre la decoración de una tarta de cumpleaños. Mariano se dio cuenta de que el Pastel Violeta era todavía más apetecible sin la mediación del cristal y estuvo seguro de que el olor que llenaba toda la tienda procedía solo de él.

−Buenas tardes, caballero. ¿Qué desea? −le preguntó la pastelera, al llegar su turno, con un dulce acento latinoamericano. La trenza negra le caía por delante del hombro y sorteaba uno de sus pechos, por encima del delantal.

−Quiero… Una barra de pan, por favor.

−Le he visto mirar el Pastel Violeta. Es nuestra especialidad. ¿No querría probarlo?

−Querría, pero soy diabético. Lo tengo prohibido, ya sabe. Aunque, por curiosidad, ¿qué lleva?

−La crema es de fresas batidas con nata y el bizcocho está hecho de yogur y moras silvestres. Por eso es el Pastel Violeta. Por eso y porque lo inventé yo, que también soy Violeta. Es una pena que no pueda probarlo. Mire, estas pastas de aquí, son todas sin azúcar. ¿Quiere llevarse algunas?

−No, no. Mi mujer me hace galletas caseras, y bizcochos, y magdalenas sin azúcar. Solo el pan.

Violeta volvió a sonreír y se dio la vuelta para alcanzar una barra. Mariano se fijó entonces en las generosas caderas que la pastelera escondía bajo el delantal y en la estrecha línea de piel que se dejaba ver en su espalda, entre el final de la ajustada camisa blanca y el principio de los vaqueros. Cogió el pan, pagó con el dinero exacto y se marchó enseguida, procurando no mirar el pastel.

En casa, su mujer lo esperaba con la jeringuilla en la mano.

-¡Mariano! ¡Te va dar un pasmo! ¿Y esa barra de pan? ¿Pero no tenías un paraguas en la oficina? Quítate esa ropa empapada y, en cuanto te ponga la insulina, te preparo un baño caliente.

Él obedeció, acostumbrado a los cuidados de su mujer, que era una santa entregada a proteger la salud de su marido desde la misma noche de bodas, veinte años antes, cuando no le había dejado mezclar el champán con la ginebra. Si no fuera por Carmen, Mariano habría olvidado la medicación para la diabetes, o la pastilla del colesterol, la mitad de los días.

Apenas eran las ocho y media cuando salió de la bañera, pero se sentía tan relajado que se puso directamente el pijama. En la mesa del comedor, le esperaba ya puesta la cena, ensalada de atún y tortilla de patata. Al terminar, Carmen se levantó para llevar los platos a la cocina y Mariano se fijó en las estrechas pantorrillas bajo la falda de punto y en las horribles pantuflas. Al minuto, ella volvió con una bandeja de plástico naranja cubierta con papel de aluminio.

-Te he preparado un postre especial. Te va a encantar –dijo destapando una tarta amarillenta, con bordes imperfectos, y sirviéndole el primer trozo-. Es de limón. ¡Y no lleva nada de azúcar!

-Está… muy buena. Gracias, Carmen.

Una hora más tarde, con un sabor harinoso todavía pegado a su paladar, Mariano se lavó los dientes y se metió en la cama. Su mujer se unió a él en seguida y le dio las buenas noches con un insípido beso en la mejilla.

 

**¿Quieres saber el final de esta historia?**

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