Relato: La trágica historia del calcetín desparejado

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Caminé junto a él tanto tiempo que ahora, estando solo, me cuesta incluso dar un paso. Y sin embargo, eso es lo único que me queda por hacer. Pero solo saldrá bien si elijo el momento justo, así que espero, en equilibrio sobre el borde del cajón, a que llegue mi oportunidad.

Desde hace casi un año, soy un calcetín desparejado. Un domingo yo salí de la lavadora, pero él no. Patricia lo buscó por todas partes: debajo de la cama, en el cesto de la ropa sucia, entre las sábanas recién lavadas… Volvió a mirar dentro de la máquina y metió la mano para hacer girar el tambor un par de vueltas, palpando arriba y abajo, sin éxito. Yo observaba el ritual con desconcierto, colgado boca abajo del tendedero. Recuerdo lo mucho que me costaba respirar, por la pinza y por la angustia. El sol entró con fuerza por la ventana durante los tres días siguientes y ella fue llevándose las prendas secas al armario. Yo seguía misteriosamente húmedo. Me quedé solo, junto a una gruesa toalla, una semana entera, hasta que el lunes, por fin, me devolvió al cajón de los calcetines. Y aquí sigo, ya sin ninguna esperanza, después de tantos meses sin él.

Estoy seguro de que no hay vida más triste que la de un calcetín desparejado. Sé que no soy el primero al que le ocurre y tampoco seré el último, pero eso no hace que me sienta menos solo y, por eso, voy a dar este paso. Me pregunto dónde estará, si aún podrá pensar en mí. No entiendo por qué la peor suerte nos ha tocado a nosotros, cuando estábamos más unidos que ningún otro par en esta casa. Nuestra simetría era perfecta, sin el más pequeño agujero, sin un hilo suelto. Salíamos con Patricia a pasear en bicicleta, a correr por el parque… En casa nos divertíamos esquivando a León y escondiéndonos entre el resto de la ropa, para que esa enorme fiera no consiguiera su postre favorito. Y de noche, en la oscuridad del cajón, nos abrazábamos hasta dar de sí nuestros elásticos. Lo recuerdo a mi lado, animándome, el día en que sufrí el desgarro, mientras me ponían los siete puntos. Teníamos tantos planes… ¡Íbamos a ir a tantos sitios juntos! Aunque todos los pares digan lo mismo, lo nuestro era especial. Especial de verdad.

Supongo que Patricia todavía guarda alguna esperanza. Si no, ya me habría abandonado en la basura. Pero yo he perdido la ilusión, creo que no va a volver. Podrán llegar otros nuevos, parecidos, pero ninguno será igual. Y estoy cansado de estar aquí, solo, acumulando polvo, en un cajón en el que, mire a donde mire, solo veo parejas felices. Seamos realistas: un calcetín desparejado no sirve para nada; es como un cinturón sin hebilla o un zapato sin suela. La razón de mi existencia ha desaparecido, y yo con ella.

Ahí llega León. Ya me ha visto, y se relame. Un solo paso.

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